La mujer pinareña en las luchas por la independencia

LA MUJER PINAREÑA EN LAS LUCHAS POR LA INDEPENDENCIA

Por: M.Sc. Enrique Giniebra Giniebra, asesor histórico

Tradicionalmente la mujer constituye uno de los pilares esenciales de la sociedad, consagrada a la familia, protagonista en procesos políticos y defensora de la nacionalidad. En Pinar del Río ellas se destacaron por su aporte decisivo en defensa de la identidad nacional.

Las pinareñas fueron portadoras durante el período colonial de códigos morales y éticos que definieron la identidad del cubano y educaron a sus hijos en el amor a la patria, siendo defensoras a ultranza de la cultura.

Ningún proyecto político del siglo XIX fue ajeno a la mujer cubana. Ellas conspiraron, guardaron celosamente los secretos de sus esposos y promovieron la participación de sus hijos en el enfrentamiento a la dominación colonial, a pesar de la discriminación social a que fueron sometidas.

La mujer en las luchas independentistas.

Las pinareñas se destacaron en las luchas independentistas e inspiraron a sus seres queridos para que fueran a la manigua. Combatieron junto a ellos y compartieron los momentos más difíciles, cuando se confirmaba la muerte en combate o por enfermedad de hijos y esposos.

Dieron sobradas muestras de patriotismo, como para no dejar dudas de que era imposible obviarlas en futuras contiendas revolucionarias, por ello fueron consideradas en los círculos de poder colonial tan peligrosas como los hombres.

Capitana María de la Luz Noriega.

Al preparar la gesta libertadora de 1895 José Martí contaría con la colaboración de un grupo de mujeres pinareñas, entre ellas, Isabel Rubio Diaz, Magdalena Peñarredonda, Paulina Pedroso y Luz Noriega, destacándose también desde el comienzo de la guerra Regla Socarrás, Adela Azcuy y Catalina Valdés. Pero esa lista creció considerablemente a partir de 1896 en todo el escenario de la región vueltabajera.

En difíciles condiciones de la vida en campaña, vivieron numerosas familias que prefirieron aquellas penalidades antes que la convivencia con los defensores del colonialismo.

Fueron muchas las heroínas anónimas que aportaron todo su esfuerzo para eliminar el poder colonial. Los campamentos, prefecturas y hospitales contaron con el trabajo diario de valientes mujeres que se enfrentaron a todos los peligros.

En la contienda independentista sería un acompañante permanente de la vida de la mujer el dolor ante la muerte de sus seres queridos, sobre todo, cuando Weyler aplicó su política de reconcentración, pero ni el exterminio de las familias hizo doblegar su espíritu. Ellas no ocultaban el desprecio hacia los soldados españoles, cuando pasaban sus columnas por campos y poblados.

Magdalena Peña Redonda y un grupo de mambises.

De forma resuelta las Vueltabajeras fueron a la manigua junto a los esposos, hermanos, padres e hijos para compartir con ellos los momentos más difíciles, intrincados en los montes y sometidas a las peores carencias y riesgos. En los diarios de campañas y memorias de protagonistas de la guerra, no pueden eludir sus profundas impresiones al respecto.

Entre aquellos cronistas que reflejo la crudeza de la guerra del noventa y cinco se encontraba Rafael Cruz Pérez, que había desembarcado el 3 de enero de 1897 por Punta Urbina, en la ensenada de Corrientes, en la expedición dirigida por el comandante Rafael Pérez Morales.

“Fue en la Jaula donde vimos la Primera familia en Pinar del Río, y a la verdad que si por ella hubiéramos juzgado del resto, hubiera podido decirse que ese pedazo de tierra cubana estaba habitado por lo más raquítico de la humanidad. Toda esa pobre y honrada familia, compuesta en su mayor parte de mujeres y niños, estaba atacada de paludismo, y la más cruel anemia minaba aquellas débiles existencias. El color predominante en esos rostros hinchados unos y huesosos otros, era amarillo-verdoso, y en la parte baja e interna de los ojos, no bien se oprimía el párpado inferior, no se descubría rastro alguno de sangre, sino una especie capa amarillenta, cubriendo la parte blanca del globo del ojo. Hacía meses que esas pobres gentes no tenían otro alimento que boniatos cocidos sin sal, cuyo caldo era lo único que se proporcionaba a los que ya estaban postrados en cama. Aquel cuadro de espantosa miseria nos conmovió profundamente, y aun cuando nuestras provisiones eran ya escasísimas, reunimos no obstante entre varios compañeros algún arroz, frijoles, tocineta, sal, leche condensada y azúcar, todo lo cual pusimos en mano de una de las mujeres”.

“¡Ah!, dijo una de ellas: ahora se salva nuestra pobre madre que además de fiebres está padeciendo del pecho: con esta leche recobrará sus perdidas fuerzas. Paramos luego junto a las casas del sitio Bien Parado, en el cual había otra familia casi en idénticas condiciones de salud que la de la Jaula, familia cuyas mujeres se ocupaban en esos momentos, sentadas sobre un trozo de madera bajo el alero del rancho, en tejer sombreros, en tanto que un muchacho extendía al sol varias pencas de yarey”

Notando lo ajeno a todo peligro de tropas en que estaban aquellos seres inofensivos, junto á un camino tan trillado, les preguntamos si por allí no habían andado soldados españoles.

En esta parte del territorio nacional, por sus particularidades geográficas era muy difícil el acceso de tropas españolas, porque además había una defensa escalonada de la península, por parte de las unidades del Ejército Libertador. Existían numerosos campamentos, prefecturas, hospitales, talleres y colonias de producción.

El vallecito representaba uno de los lugares más importantes donde estaba la sede principal de los Hermanos Lazo, donde había un número considerable de casas y dependencias del Ejercito Libertador.

“No lejos de las casas principales del Vallecito, a unos cincuenta metros, había otra, en la cual habitaba una pobrísima familia, necesitada de todo: de salud, de comida y de vestidos. Allí no se veían niños jugando o corriendo, o gritando de alegría por los alrededores, como resulta en donde la existencia es normal: sólo podía observarse en ese rancho, a la salida del sol, dos niños sumamente raquíticos, efecto del hambre y del paludismo, sentados en un palo que hacía de quicio, tomando el calor y sin más vestido que un pedazo de trapo arrojado sobre sus piernas”.

“Había cerca del Vallecito algunos otros ranchos habitados por familias; pero juzgando por lo que veíamos y por lo que encontramos en nuestra marcha desde el punto de desembarque, no quisimos adquirir relaciones de ningún género: ya presumíamos que la miseria y las enfermedades tenían abonado campo por aquellos contornos, y no estaba el ánimo para ver desfilar víctimas de la muerte”

Gregoria Hernández, veterana de la guerra.

Esas mismas penalidades y peligros constantes los pasaría Isabel Rubio y el grupo de combatientes y mujeres que la acompañaban en su misión de trabajo nómada por todo el escenario de la compleja geografía pinareña.

Por otra parte, la mujer recluida en los poblados o en las zonas fortificadas contribuyeron sistemáticamente con el Ejercito Libertador, entre los casos más representativos se encontraba Magdalena Peñarredonda, prestigiosa vueltabajera, denominada la Delegada. Un grupo de documentos oficiales de la jefatura del Sexto Cuerpo así lo confirman.

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